Ella abre la puerta antes de que yo llame. Subo los tres escalones de madera impoluta y estoy dentro.
Por favor, dice, y me hace un gesto para que coja el sillón azul real. Se sienta cerca de mí en el sofá. No hay muchos cachivaches. No hay mesitas en el estrecho camino que recorre el lateral de su esbelta casa. Es un rectángulo blanco. Puedo ver el dormitorio en el otro extremo. La cocina está en medio. Encima de la nevera hay una pieza de cerámica con tres ranas sonrientes muy verdes y grandes.
Leer más